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En el aula en la que daba clase tenía un número equilibrado de alumnos. Cuando digo equilibrado no quiero decir que no hicieran locuras, sino que había aproximadamente el mismo número de chicos que de chicas.

“Buenos días chicos”, no les dije buenos días chicos y chicas, a veces esto me parece una pérdida de tiempo. Pero sí que les dije que íbamos a hacer tres equipos y necesitaba un director o directora para cada uno de ellos, aquí sí que hice distinción entre chicos y chicas porque ya sé lo que pasa: a ellas les cuesta ser directoras. Hablamos de personas de unos 18 años que están estudiando algo que les gusta.

A los diez minutos los grupos estaban hechos y en ninguno de ellos la directora era mujer. -¿Por qué?-les pregunté. –Nos da igual profe. Prefieren un segundo plano, aunque en la mayoría de los casos la mayoría del trabajo recae sobre ellas, son ellos los que siguen dando la cara, y por consiguiente llevándose el mérito.

La mujer está acostumbrada a esperar, es lo que ha hecho durante décadas, por eso los hombres se adelantan en la elección de roles, lo hacen antes y les explican a ellas cómo hacer cosas que ellas aprendieron quizá hace meses y les escuchan pacientemente. Esto es lo que sigo observando en el aula a día de hoy.

Afortunadamente, yo tuve un padre maravilloso que me enseñó un montón de cosas, pero ahora en mi vida adulta todavía conozco a hombres formidables que siguen queriendo ejercer ese papel. Me siguen regañando, aconsejando y aleccionando como si fuera una niña. Y en muchas ocasiones les escucho callada porque es mi costumbre, porque está en mi adn.

Piensa un momento ¿Cuándo fue la última vez que diste una lección a una mujer y disfrutaste plenamente de que te escuchara? Esto nos pasa, continuamente.

Las mujeres necesitamos voz propia, aún no la hemos conquistado. No queremos que nos regañen ni que nos aleccionen. No me gusta demasiado el término “empoderamiento” me sigue resultando ajeno a mi forma de pensar femenino. No busco poder, busco mi voz, espacio y respeto.

Quiero una sociedad en la que me dé el mismo miedo que salga por la noche mi hijo adolescente que mi hija. Un mundo en el que no sea necesario que alguien me proteja, y en el que mis alumnas se levanten con firmeza cuando pida voluntarias para dirigir un grupo. Mujeres que no tengan miedo y sean libres para tomar sus decisiones.

Cristina Medina H. – Profesora de FP y Voluntaria de la Despensa Solidaria de Alpedrete

“Mujeres líderes: Por un futuro igualitario en el mundo de la Covid-19”,

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